domingo, 8 de marzo de 2009

¿qué ves cuando me ves?

"Los ojos y la edad" texto de Rubem Alves

Claude Monet era capaz de pasar el día entero en el campo, desde la mañana hasta el anochecer, pintando continuamente lienzos del mismo monte de heno. Puedo imaginar que algún campesino que, al final del día le preguntase las razones para pintar tantas veces el mismo monte de heno. Y Monet le respondería: "Para las vacas, es cierto que el heno es el mismo, porque ellas desconocen el gusto de la luz. Pero para mí que soy pintor, la luz es algo mágico, que va transformando las cosas con el poder de los tonos. Un monte de heno bajo la luz de la mañana no es el mismo que bajo la luz del crepúsculo."
Un monte de heno, esa cosa que permanece ahí mismo a través del tiempo, no existía para Monet. Lo que existía era el "momento" único, efímero, que tenía que ser comido por los ojos en el mismo instante de su aparición, porque luego desaparecería.
Un sicoanalista sensible al arte diría que los lienzos de Monet son la superficie de un rancho, donde la propia vida del artista aparece reflejada, como monte de heno, como fachada de la catedral de Rouen o como lirios acuáticos...
¿Y qué mejor medio para decir esa antología del agua? "No se puede entrar dos veces al mismo río" diría Heráclito. Y a los que a través de ser llevados por las aguas se agarran de las rocas de Parménides, Monet replica: "Es inútil, las aguas y las rocas fluctúan en el mismo río de luz, del cual, nadie puede huir". Y para probarlo pinta las piedras y peñascos en el mar, todos tan diáfanos y escabullidos como los montes de heno.
Monet apareció reflejado en mi pensamiento cuando me detuve a meditar sobre una extraña advertencia que encontré en un texto de Kierkegaard. Se trata de una exigencia que hace a aquellos que escriben y dice: "La persona que habla sobre la vida humana, que cambia con el correr de los años, debe tener cuidado de declarar su propia edad a sus oyentes.".
No conozco ningún otro filósofo que haya alguna vez hecho una declaración parecida. Quién dice una cosa semejante parece estar negando su propio ideal de saber filosófico que es la búsqueda de la verdad. La verdad no depende del saber filosófico. Ella posee una objetividad que la salva de ese espejo líquido inquieto que es la subjetividad del pensador. La edad del matemático (y el propio matemático) nada tienen que ver con la verdad de su teorema. Esa cosa que oscila con el tiempo podría ser tal vez poesía, pero no filosofía. Y sería precisamente eso lo que una vaca diría a Monet, si se le hubiera dado el don del habla: "Un monte de heno por la mañana es el mismo monte de heno en la tarde. Mi hambre lo comprueba y para mi es hambre; la luz no existe..."
Imagine entonces que tal vez, Kierkegaard estuviera más próximo de los pintores que de los filósofos. Él sabía que el ser es sensible a la luz., hay de hecho un ser pornográfico, que se desnuda públicamente bajo la luz del sol del medio día y a él, Descartes y sus seguidores le han dedicado sus más rigurosas investigaciones. Pero hay otro ser que huye del exceso de luz. El amor se complace a la luz de las velas. El ser erótico prefiere desvestirse a poca luz. "Parece que existen en los campos sombríos que toleran apenas una luz débil" dice Bachelard. Ese libro de Bachelar, La llama de una vela, es en verdad una realización práctica del consejo práctico del filósofo danés. Bachelard confiesa su edad. Es "adelante de la página blanca colocada sobre la mesa en la distancia justa de mi lámpara, que realmente estoy en mi mesa de la existencia. Todo alrededor de mi está en reposo, es tranquilidad, mi ser, sólo mi ser, que busca el ser. Pero ¿será que aún hay tiempo para mí...?" Esa pregunta "¿será que aún hay tiempo...?" es una pregunta de un hombre que percibe que la vela está llegando a su fin. ¿Quién vigila las velas que se terminan? sólo los poetas.
Muy contentos los oftalmólogos y la física óptica sustentan que los ojos son como planetas, destituidos de luz y que apenas reciben y reflejan la luz que viene de afuera, los poetas afirman que eso no es verdad: los ojos son como las estrellas, lámparas dotadas de luz. "Una lámpara del cuerpo son los ojos" decía Jesús.
"Si tus ojos tuvieran luz, el mundo entero estaría iluminado, pero si estuvieran apagados, que grande sería la oscuridad". Con lo que concuerda Bernardo Soares: "Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos". El poeta inglés William Blake sabía eso y afirmó que "el tonto no ve el mismo árbol, que el sabio ve", es esa luz de los ojos la que nos hace ver el mundo.
Ahora podemos comprender el sentido del consejo del filósofo danés. Como dice: "Usted es un pintor como Monet, por favor diga su edad, para que se sepa la luz que está bañando su cuadro... Así el lector puede ajustar sus propios ojos para verlo mejor"
Kierkegaard se complacía en escribir a la luz de una vela, por eso sus textos están siempre impregnados de un juego de luz y sombra que invitan a la meditación.
Fue un poeta quien me enseñó a convivir con las sombras. Yo le mostraba mis textos, de todos los cantos obscuros iluminados por claros, y él me decía horrorizado: "Demasiada luz, demasiada luz! por favor, un poco de sombra, un poco de neblina!" Sus palabras sonaban en mis oídos más como razones de un maestro pintor delante del lienzo de un aprendiz. Pero luego aprendí que esos son los poetas; pintores que en vez de tinta usan palabras para pintar sus cuadros. Y él me explicaba: "Un texto iluminado, claro, pone fin a la conversación; un texto de luz y sombras, al contrario, es una invitación a la meditación sin fin..."
Quien entiende los consejos de Kierkegaard ciertamente no habrá entendido nada. Una interpretación literal de la exigencia de que el escritor declare su edad a sus oyentes, se reduce a la banalidad de que informe a sus lectores del número de años que ya vivió.
El número de años que yo viviera es algo de lo que tenía clara conciencia aquella tarde en el metro, a buena hora, esa información estuvo guardada en el archivo de la memoria. Pero ésta saldría tan rápidamente en el mismo momento en que me preguntaran: "¿Cuál es su edad?"
En aquella ocasión aún no conocía nada de Monet, Pero ahora viendo en retrospectiva, puedo afirmar que en aquel momento, me gané los ojos de Monet.
Todo depende de los ojos, "No basta abrir la ventana para ver los campos y los ríos, No basta no ser ciego para ver los árboles y las flores" dice Alberto Caeiro. Todos los que pasaban por lo montes de heno que Monet pintaba veían los mismos montes de heno, pero no veían los mismos montes de heno. Ninguno de ellos tenía los ojos como los del pintor. La revelación no es la experiencia de ver cosas que no se veían antes. La calle, el jardín, el muro continúan siendo los mismos. Nada fue creciendo. En tanto todo estaba diferente. La calle da para otro mundo, el jardín acaba de nacer, el mundo fatigado se cubre de signos. Todo está bañado por una luz antiquísima y al mismo tiempo acaba de nacer. Nada cambió, sólo se cambiaron los ojos, por tanto todo cambió. Es la experiencia del satori la abertura del tercer ojo al que se refieren los pensadores zen.

2 comentarios:

Ines dijo...

EL ojo eternamente ligado a lo que somos, I / eye...energía en movimiento que a veces vemos, a veces no...che, cuánto hace que no nos vemos!! ;) Un beso Gaby, me gustó mucho el post

Anónimo dijo...

en el día de tu cumple brindo por
tus ojos almendrados,
tu mirada cómplice y pícara,
tu pestaneo romántico,
chispitas de niña tierna que irradiás con tu mirada

feliz, feliz cumple amiga!!!!!!

ANDREA